lunes, 21 de enero de 2013

Chocolate ♡


¿Hasta qué punto podría llegar lo llamado “estupidez humana”? Y más que eso, ¿hasta qué punto podría llegar mi propia estupidez? Un millón de años –hiperbólicamente hablando- me costó comentarle los sentimientos que mi corazón mantenía guardados hace mucho tiempo. ¿Cómo podría abrir mi corazón si no poseía la llave? Cursi sonaba dicho dilema, pero así era como lo veía, y más, como yo mismo lo sentía.
Cada día, desde que le vi, parecía un completo estúpido y para nada discreto. Si bebía de mi botella de agua, y le veía, a los minutos tenía toda la camisa y pantalones mojados. Risas, regaños y burlas por parte de mis amigos recibía con bastante frecuencia, pero, ¿para qué ofenderme? Eran con bastante aprecio, o así mismo yo lo veía venir. Después de todo, le viera o no, mi torpeza de nacimiento era algo que me iba a acompañar hasta mi sepulcro, si es que no era ese el motivo por el que fuese a morir alguna vez, y conste, nunca podría descartar mera posibilidad.

Su sonrisa llenaba mi mundo, y esta vez no estaba siendo un exagerado. Muchas veces, antes de apagar la lámpara de la mesa de noche, o simplemente al abrir mis ojos, el corazón se me presionaba, pero no por tristeza, sino de la más hermosa felicidad. A veces ni me podía creer que le tenía a mi lado. Con el pensamiento ya era todo para mí. Pero, seguía odiándome a mí mismo por ser un completo idiota; por poseer la estupidez humana que a muchos por suerte no les recaía.


Eran catorce días ya. Catorce días desde que pude comentarle lo que sentía después de haberme acercado con paso lento a lo que era su círculo social, y más sorpresa me llevé el día que, incluso sin querer, se me disparó de los labios lo que sentía por él. ¿Cómo querían que lo contuviera tanto tiempo? No podía quitármelo de la cabeza. Incluso, si me hubiese rechazado, el alivio estaría con un corazón roto, pero no por su culpa, sino mía, por las infinitas ilusiones que hice sin su propio consentimiento. Para mi suerte –que, podría jurar, se hacía presente por primera vez en la historia de mi vida- él no me rechazó. Recuerdo con bastante felicidad que su abrazo para mí supo un millón de “yo también te quiero”. ¿Perfección, no es así? Pero en tantas nubes pude haber estado, tanto pánico debí sentir desde lo más profundo que eran mis traumas infantiles que no pude besarle ese día, ni tampoco el siguiente, ¡incluso ahora! Ya a dos semanas de aquel dichoso momento en mi vida. Con situaciones así no es de extrañarse el pensar que la vida nos odia a uno y a cada uno de los seres que habitamos este universo, teniendo también en cuenta que a algunos más que a otros, pero si de algo no dudaba, es que yo era el favorito de las fuerzas extrañas para recaer la desdicha.
No sé qué es lo que TaeMin pensará de mí, pero cada vez que busco besarle algo ocurre. Le llaman, me llaman, o mágicamente un perrito se accidenta delante de nosotros, y claro, todo el mundo forma el escándalo del año. Podría creer que está bien, pero en la cabeza de una persona normal hay tantas interrogantes que responder.


Así de triste es mi realidad, y así es mi vida, la vida de Lee JinKi.

-.-.-

-Cariño, ¿gustas de ir a ver una película hoy? Tengo las entradas y todo, solamente me falta tu aprobación, aunque claro, si me dices que no habré gastado mi dinero sin razón aparente. Sin presión, ¿vienes? –Conversaba con tono gracioso, como me era costumbre hacerlo. Podría hacer hasta lo más estúpido por escuchar su risa. Tan melódica y dulce.

-Sin presión de que si te digo que no habrás perdido el dinero, acepto tu agradable invitación, pero claro, tú compras los dulces. –Y su tono infantil al hablar me estremecía, incluso al estar por el otro lado de la línea.

-De eso ni discutir. ¿Te veo donde siempre, no es así? –Y mi insistencia se hacía notoria como siempre. ¿Cómo era capaz de dejarme el corazón en la garganta?

-Claro. Nos vemos. Espérame si llego tarde. –Y con una suave risita se cortó la llamada. No podía sentirme más realizado. ¡Era el momento perfecto!


Me daba fuerzas sobrenaturales, incluso había comenzado a creer en trivialidades de las que las personas con frecuencia hablaban: “buena suerte”. Algunos amuletos pude obtener, pero para ese día necesitaba mucho más que apoyo moral. Si lo desperdiciaba, ¿qué ocurriría? Si él se molestaba estaba en toda su razón. Por lo general, solía ser un perdedor completo, y el estar con él había cambiado tanto, pero afuera existían muchas más personas deseosas de esos labios con apariencia tan acaramelada. Perdía demasiado tiempo, y de seguro él comenzaba a creer haber malinterpretado mis intenciones aquel día, porque, ¿de qué sirve alguien con quien te hayas declarado y que no era capaz de besarte? Parecía simplemente una amistad, como cualquier amistad que todos tenemos el derecho de tener, pero era diferente, yo lo adoraba y siempre me había gustado; solamente quería ser más abierto y decirle que para mí, es todo en el mundo.

Entre pensamientos e ilusiones, traté de ponerme lo más guapo que podía, con la intensión de ir al lugar que ambos frecuentábamos al encontrarnos. Salí a paso firme de mi hogar, con un millón de esperanzas no solo en el corazón, sino en todo mi ser.
A lo lejos pude divisarle, y hermoso como siempre estaba. Me acerqué a saludarlo con efusividad, abrazándole con mucha fuerza, anhelando un beso que aún no me sentía en condiciones de dar, un beso que había dejado rotas esperanzas también en él. A veces existían personas realmente transparentes y TaeMinnie era una de ellas.
Tomé entonces su mano con suavidad, presionándola con mucho esmero, como si en el fondo de todo buscase fusionarla con la mía. Entramos a la sala que nos indicaron, tomando asiento en donde a mi acompañante se le había antojado. Claramente antes de eso habíamos comprado las infaltables palomitas de maíz, algunos dulces y refrescos. Si algo no podía negar en dicha ocasión, es que los nervios me mantenían en otra dimensión. No era una opción, ¡debía hacerlo ese día! Y eso no parecía relajarme en nada, no hasta que mi compañero notó mi tensión y acarició con su pulgar la mano que me sostenía. Entonces sonreí y mi corazón suspiró de alivio. Fijé mi vista a la gran pantalla notando que la película llevaba algunos minutos de comenzada.
Difícil era concentrarme. Su rostro se notaba hermoso como siempre con los débiles destellos de luz que la gran pantalla nos entregaba. Se veía concentrado, totalmente sumergido en el mundo ficticio que el lugar nos entregaba. Tragué saliva, dándome los ánimos que necesitaba, y le hablé…

-TaeMin… -Murmuré con suavidad, pero una persona que se encontraba delante de nosotros me hizo callar, regalándome, a parte, un rostro de gran molestia. Bufé internamente, ¿qué se creía? –TaeMin… -Volví a hablar, pero el chico no me tomaba atención alguna. Me acerqué por cuenta propia lo suficiente, tal vez queriendo sorprenderlo, pero como esperado de mí, hice que se cayera el envase con más de la mitad del refresco al suelo, y fue cuando él me miró.

-Dios, Onew, ¿qué has hecho? –Preguntó, aunque claramente sabía lo que había acabado de pasar. Suspiré y me contuve respuesta alguna. No parecía importar de igual modo, porque él se había sumergido en la película.


Me di por vencido. Había pensado que podría ser una situación perfecta para mi plan. Seguramente era la situación perfecta para mi plan, pero por tan solamente ser yo, no estaba buen encaminado.

La película finalizó, y mi compañero se veía muy emocionado. Salimos por la entrada principal, y él no dejaba de conversarme de escenas que habían llamado mucho su atención, inclusive haciendo los movimientos que los actores habían efectuados con sus brazos sin quitar la sonrisa de su rostro. Por lo menos, pensé, le había hecho pasar un grato momento y me animaba solamente un poco.

-Onew, ¿estás oyéndome? –El chiquillo movía su mano derecha por encima de mi rostro. Solamente atiné a sacudir mi cabeza y asentir, cosa que no le convenció en lo absoluto. –Tú a mí no me engañas, ¿qué te ha estado pasando? –Consultó y yo no sabía que responder. De lo mejor podría ser sincero y decirle: “Te he intentado besar, pero tengo bastante mala suerte, TaeMinnie”. No era tan valiente para decirlo.

-No pasa nada. –Dije con una dulce sonrisa en mi rostro, pero pareció no convencer a mi compañero, porque me miró con reproche del que nadie pasaría por alto.
Ahora, ¿qué hacía? Su rostro demandaba una explicación, y yo seguía siendo el mismo cobarde de siempre. Tenía temor de perderlo y quedarme solo. ¡Era mío! Y yo no lo aprovechaba para nada.
Me di un poco de valor, pero no fue el suficiente y comencé a tartamudear como un estúpido, el estúpido que nunca había dejado de ser. Juraba que de mis labios salían palabras, pero él me miraba con extrañeza, solo hasta que sonrió de un repente y en mis labios sentí una dichosa calidez jamás sentida. El sabor más dulce comenzaba a adentrarse en mi boca con cada pequeño hilo de aire que entraba por ella, y comprendí todo, me estaba besando; él hacía lo que yo no había sido capaz de hacer. Entonces sonreí y le abracé con cuidado por su cintura, mientras sentí curvar su beso: una sonrisa también se hacía presente en sus labios y no podría estar más contento. A los pocos segundos, se separó con suavidad y me miró a los ojos con un brillo especial que yo jamás había visto en alguien más. Podía reflejarme en sus ojos sin esfuerzo alguno. Se me saldría el corazón.

-Sabes a chocolate. –Dije sonriendo de oreja a oreja, mirándolo con cariño, o amor tal vez. Un suave golpe sentí en mi pecho en conjunto a una hermosa risita.

-Cortesía de tus dulces. –Me comentó, sin cambiar la expresión de su rostro.

-Te quiero, TaeMinnie. –Susurré una vez antes de atreverme a besar sus labios por mi propia cuenta, y nuevamente no sentí necesidad de escuchar la respuesta a aquello, como el día en que le dije lo que sentía, porque sus acciones, su lenguaje corporal, para mí valía mucho más que vacías palabras que el tiempo no tardaría en esfumar.



Soy un completo estúpido. El mundo siempre estará lleno de estúpidos, pero al menos yo soy uno muy feliz